5.9.11

HOY NACE UN LUCERO

Pedro Conde


Y lo hace con la humildad del que se sabe uno más entre la multitud de una noche estrellada. Un lucero del alba, iluminador y guía de quienes se resisten a que la huidiza luz de un negro ocaso sea la última que alumbre sobre España. Nosotros queremos seguir en aquella frontera de la alborada en la que el día lucha contra la noche, la luz contra las tinieblas, como guerreros y a la vez testigos afanosos de un permanente amanecer.



Y no sería tampoco una cursilería el decir que nacemos como la rosa que se esponja con la luz del sol naciente; la rosa a la que siempre tuvimos por símbolo y último tributo a quienes nos precedieron y enseñaron a no callar ante la injusticia, la cobardía o la traición.


Nacemos, alumbramos con vacación de destino; de lo contrario mejor sería no ver la luz. Y nosotros sabemos que no hay luz sin espacio que iluminar ni Patria sin destino.

Algún día, y lo decimos ya, hablaremos de patrias mayores: la hispanidad, la europeidad…Como de inmediato denunciaremos el cerril y torpe empeño de seguir confundiendo el patriotismo con el tañido de una campana o fijarlo en la inscripción de la lápida de un cementerio.

Son muchos años de silencio en la barrera; de expectación ante la faena. Llegó la democracia y allí asistimos a su parto y nacimiento dispuestos a fortalecer la criatura. Sin embargo, no se contó con nosotros. Éramos los proscritos por una causa que no compartíamos pero que se asemejaba a nuestro proyecto más en las formas que en el fondo.

Tuvimos la elegancia de retirarnos, entre el dolor de la incomprensión y la angustia del desterrado de su propia casa.

Pasaron los años y pudimos comprobar que el tiempo pone a cada uno en su sitio.

Los actores, los nuevos protagonistas de la política que subieron al nuevo escenario venían a ser los de siempre, derechas e izquierdas, escoltados por sus extremos. Iban a escenificar una obra con título griego, la
democracia. Sus disfraces, su trama y tramoya, sus papeles, diálogos, etc., parecían novedosos. Sin embargo eran personajes nuevos para papeles y montajes conocidos: líderes absolutos de partidos sumisos, carentes de aquello que decían representar, la democracia. El guión aparentemente cerrado e inamovible, permanentemente alegado e invocado: la Constitución, sedicente Carta Magna, con errores de magnitud evidente y cartas marcadas por quienes no pensaban cumplirla. Nosotros lo denunciamos entonces con nuestra abstención sobre la misma. Como denunciamos hoy la multitud de enfangadotes de la política y el hedor de sus actos.


Comenzó la función aquel 15 de junio de 1977. Muchos de nosotros ya conocíamos la suerte que íbamos a correr: el exilio interior.

Pronto comprobamos que la falacia partidaria, mal endémico de las democracias con esta estructura, repetía lo que histórica e intelectualmente ha sido denunciado: los partidos, haciendo honor a su nombre, se partían en cuanto el poder no les servía de cemento y acababan en partidas de conspiradores. La UCD como ejemplo primigenio. El PSOE como ratificación de lo dicho.


Mientras, la Comunidad nacional, la nación española se resquebrajaba. ¡Cómo no! si hasta un insolvente y huero Jefe de Gobierno, el actual, un quidam como ha demostrado ser el tal Zetapé, llegó a dejarla en un concepto discutido y discutible.


A estas cotas de ruina nacional hemos llegado. Muerta y enterrada aquella UCD artificiosa, timorata y entreguista, pasando por un largo gobierno socialista a cuyo Jefe, otro tal Felipe González, le llegó la corrupción hasta la cocina de su casa; seguido por otro Gobierno de derechas de un José María Aznar que con más carga de españolidad por sus orígenes, aunque ocultara vergonzante que había leído más a José Antonio Primo de Rivera que a Manuel Azaña, llevó a España a notables niveles económicos e influencia internacional. Aquí se cruzó un suceso muy oscuro, capaz de cambiar el curso de la Historia de una nación, cuyas causas y causantes se ignoran por ahora, aunque los objetivos dejaron en evidencia a sus beneficiarios y que por mucha democracia que se le eche encima no es más ni menos que un crimen de lesa Patria; porque contra su ser iba dirigido, como están demostrando los hechos. ¿Será verdad que sus malignos y criminales cerebros “no habitan ni en montañas remotas ni en desiertos lejanos”? Esperemos que un día, pronto, la Historia y la justicia de Dios caigan sobre los canallas.


Todo esto lo hemos vivido como ciudadanos silentes pero con la rabia en el alma por ver cómo se cuartea España en el secarral de la indecencia y la vileza; y cómo se reparte la túnica de la sacrificada entre sayones separatistas, ruines políticos de parcela, reyezuelos de aldea o Pilatos con corona.

Ha pasado el tiempo; pero muchos de aquellos a quienes relegaron al ostracismo no hemos perdido ni con la distancia ni con el tiempo un ápice de amor a nuestra Patria porque precisamente el tiempo, que se escapa, o la distancia, que separa, son el crisol donde se forjan los elevados sentimientos y los valores irrenunciables.


Y como los luceros fueron siempre nuestros guías en la travesía de la larga noche, hoy nos sirven como metáfora del nacimiento de una medio de comunicación, ÁGORA HISPÁNICA, que vuelve a recoger las voces dispersas, y por qué no, a veces dispares, de los que aún quedamos de aquel exilio interior, dispuestos siempre a defender el ser, la tradición, la cultura, el trabajo y la dignidad de España y los españoles.




Méritos hemos hecho, labrados en silenciosa angustia. Nadie podrá quitarnos ese dolorido honor.
Quedamos convocados, pues, cada uno en su papel y posibilidades a una acción de las más nobles que pueda acometer un hombre o una mujer: la defensa de su Patria e Historia.


¡Ojalá! podamos pasar el testigo de nuestros actos, limpio y honroso, a quienes nos siguen en el tiempo.

¡Quiera Dios! que lo logremos y que ellos nos superen en el compromiso y el éxito.









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